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¿Hasta dónde llega la tolerancia? Abrazar la multiculturalidad también conlleva desafíos

Durante décadas, el multiculturalismo se ha promovido como una vía hacia sociedades más inclusivas. Una sociedad donde las diferentes culturas puedan convivir en armonía y enriquecerse mutuamente.

Por Santiago Naranjo Edición 8 · Ene - Jun 2026 3 min de lectura
Imagen: Business Leaders, edición 8, pág. 48.

Durante décadas, el multiculturalismo se ha promovido como una vía hacia sociedades más inclusivas. Una sociedad donde las diferentes culturas puedan convivir en armonía y enriquecerse mutuamente. Diferentes países han logrado abrir sus puertas ante diferencias, todos con el mismo objetivo de lograr esta utopía de la inclusión multicultural. ¿O eso dicen?

El precio de la multiculturalidad no tiene un alto costo social. En años recientes, el extremismo ha crecido a un ritmo alarmante dentro de los espectros políticos. Con la llegada de líderes enigmáticos, tales como Donald Trump, quienes promueven agendas donde se busca señalar a un enemigo en común, al igual que padecer de un miedo a lo “diferente”, se puede ver cómo las personas cada vez se alejan más del discurso globalista y alcanzar una verdadera convivencia. Asimismo, la oposición política disfraza sus discursos con ideas que promueven la multiculturalidad, olvidando el verdadero significado de lo que conlleva. Pero, ¿acaso tienen razón? La respuesta se resume en un no Ahora bien, la verdadera cuestión es entender por qué estas posturas vuelven a cobrar relevancia en pleno siglo XXI.

En 1945, el filósofo austriaco Karl Popper planteó una paradoja central en la ética y la filosofía política: si una sociedad tolerante permite sin límites a los intolerantes, estos pueden expandirse hasta destruir la misma tolerancia que los acogió.

Esta idea es debatida porque revela un ciclo difícil entre tolerar y contener la intolerancia. Con la llegada de nuevos grupos radicales, la gente ha protestado a favor de la inclusión en general, pero olvidan otro concepto igual o incluso más importante: la integración.

No solo es cuestión de convivir, sino de adaptarse a la cultura sin comprometer la propia.

En mi opinión, una de las problemáticas que a menudo es pasada por alto, es la coexistencia sin interacción. Ciertos grupos sociales suelen ser minimizados debido a su procedencia y por cuestiones culturales, como la falta de adaptación y marginalización en escuelas, manteniéndose dentro de un mismo círculo cultural. Si bien, se crean programas de inclusión y prácticas relacionadas, se pasa por alto una verdadera integración.

Celebramos las diferencias en festivales, pero no las entendemos en la vida diaria.

¿Acaso la integración es mejor que la inclusión? Estos conceptos van de la mano. Siempre existe un primer paso, y por mínimo que sea, sienta las bases para lograr algo mayor. En este caso, es la inclusión la que da el primer paso, pero es la integración la que consolida una verdadera convivencia.

Dar el gran paso no es fácil, requiere sacar a una sociedad de su zona de confort, y como se mencionó antes, uno de los principales obstáculos es el miedo a lo diferente, al cambio.

Aún es muy difícil llegar hacia una verdadera convivencia y armonía, pero no imposible, aplicando las prácticas correctas (como una buena educación cultural y un pensamiento más crítico), se pueden lograr avances no sólo para ciertos grupos, sino para todos como humanidad. El camino es largo, pero debemos poner de nuestra parte y dejar de lado nuestras diferencias para poder llegar a su final.

La multiculturalidad no fracasa por exceso de diferencias, sino por falta de puentes.

Ser diferentes no debería separarnos. Ignorarnos, sí.

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