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La naturalidad de lo diverso

¿Es factible fomentar la multiculturalidad en un ambiente homogéneo? Es decir, ¿cómo puedo apreciar la belleza de lo que es diferente si todo lo que me rodea está teñido de igualdad?

Por Pablo Suárez Attías Edición 8 · Ene - Jun 2026 3 min de lectura
Imagen: Business Leaders, edición 8, pág. 6.

¿Es factible fomentar la multiculturalidad en un ambiente homogéneo? Es decir, ¿cómo puedo apreciar la belleza de lo que es diferente si todo lo que me rodea está teñido de igualdad? Dentro de un mundo globalizado y profundamente conectado por cauces digitales, nos enfrentamos a un fenómeno propio y natural de los seres humanos: el etnocentrismo.

Para los profanos en la materia, el etnocentrismo consiste, en pocas palabras, en considerar la propia cultura como la única existente y de mayor corrección sobre la faz de la Tierra, mientras que el resto son exóticas, pero ajenas y, lo más notorio, inferiores. “Mi idioma es el mejor y el más intuitivo; el resto son impronunciables y difíciles de aprender”. “Mi acento es el ‘normal’; el resto son chistosos”. “Mi religión es la verdadera; las demás son herejías”. Y así, hasta el infinito. Para hacernos una idea práctica de este fenómeno, es esa condición que sufren algunas personas de empeñarse en comer lo mismo que en su casa cuando viajan a un país extranjero y valorar lo ajeno con su cultura gastronómica como vara de medir. En otras palabras, el etnocentrismo afecta a los españoles que lloran por no encontrar una buena paella en Monterrey y a los mexicanos que sufren del mismo mal al comerse unos nefastos tacos en Madrid. Y es que el propio concepto de multiculturalidad implica la coexistencia de muchas culturas, pero no la inmersión en estas.

Es decir, culturas juntas, pero no revueltas, cada una en su esfera separada y bien diferenciada de las demás. Es por ello, que creo que la tendencia debe ser la interculturalidad, ir un paso más allá de la coexistencia y fomentar el diálogo, la comprensión y el conocimiento mutuo. Como decía al inicio, es complejo conseguirlo si nos quedamos inmersos en nuestra burbuja del etnocentrismo, si asumimos que la homogeneidad que nos rodea es la única verdad existente.

En este sentido, tuve la fortuna de nacer en una ciudad pequeña, contenida, pero alimentada de diversidad; la vieja Melilla, que, desde su balcón del Mediterráneo, punteando el norte de África, abraza por igual a católicos, musulmanes, judíos e hindúes. Todo esto, en un territorio minúsculo para contener tanta variedad, apenas unos 12 kilómetros cuadrados en los cuales ya no hay espacio para que la ciudad crezca, pues de un lado está Marruecos y del otro el mar. Como decía, un espacio contenido donde la interacción cultural es el día a día de sus ciudadanos. No en vano, Melilla es popularmente conocida como la ‘Ciudad de las Cuatro Culturas’.

Son estos entornos privilegiados los que suponen un caldo de cultivo idóneo para la interculturalidad, pues desde el colegio uno asume como completamente normal que algunos celebren la Navidad y otros el Ramadán, el Yom Kippur o el Diwali. Y ante esta proximidad que uno vive desde niño, sentir la curiosidad de por qué cada persona tiene una creencia diferente y abrazar la diversidad como algo real y próximo, sin enemistarse con ella. Algo similar ocurre con la lengua, que en Melilla es un ente vivo en el que se mezcla la oficialidad del español con el amazigh.

Para concluir esta disertación, y más allá de enclaves geográficos, considero que el cambio está en nosotros. Cada persona es la que decide qué grado de interculturalidad está presente en su vida, si abraza el conocimiento y la existencia de lo ajeno como algo natural e inherente al ser humano o, si, por el contrario, se queda cómodamente sentado en el sillón del etnocentrismo mirándose el ombligo.

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